miércoles, 14 de septiembre de 2011

Patio de luces

El patio de luces de mi infancia tenía muchos puntos en común con el recreo del colegio. El esparcimiento, por ejemplo. En la galería intentaba enseñar a mi hámster a usar el trapecio, hacía peleas de pollitos pacifistas pintados de verde y de naranja, jugaba con fuego (del que te caía algún alpargatazo al no haber esfumado las pruebas a tiempo) .También me subía a un taburete y meaba por el patio de luces, para contar el tiempo que transcurría entre que dejaba de mear y el ruido de la meada en el tejadillo de plástico del primero. Por otro lado, en el recreo del cole el esparcimiento era exorbitante, centrífugante y agobiante, sobre todo para Mercedes que como era la que más corría de clase no había modo de pillarla para levantarle la falda y verle las bragas. De todos modos a Mercedes le veía las bragas cada semana, tendidas en el patio de luces, en el séptimo cuarta, pero no era lo mismo.

Sin embargo había algo en el patio de luces que era único en él. Y que muchas veces me atraía hipnóticamente a él cuando me acercaba a la cocina a meter la cucharilla en el bote de nocilla, eran las voces de las mujeres que cantaban desde sus galerías, las sirenas de las luces.



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